miércoles, 23 de octubre de 2013

Sergio Massa: con la obsesión por construir un poder propio

Suelta un suspiro. Con el antebrazo apoyado en el hombro de su esposa, Malena Galmarini,Sergio Massa camina a paso lento por un pasillo de los estudios de TN, en dirección a la salida. Acaba de terminar una entrevista con Nelson Castro, después de un día larguísimo. De pronto, se frena, da un giro y se mete en la oficina del control. Cuando unos segundos más tarde reaparece en el pasillo luce revitalizado. "Hicimos picos de cuatro puntos y ellos, que estaban en tres canales, no sumaron ni uno", le informa a Malena, con el índice derecho en alto y una sonrisa de mil dientes. Después, encorva el cuerpo, da un aplauso seco y se frota las manos, como para canalizar la excitación. Llama el ascensor y, lejos de la moderación que exhibe ante las cámaras, exclama: "¡Les rompimos el ojete!".
A menos de una semana de las elecciones más determinantes de su carrera , el intendente de Tigre afronta cada día de campaña con la adrenalina de los momentos cruciales, esos que marcan un antes y un después en la vida de un político. Mientras trabaja con sigilo para extender la red de intendentes que tejió en la provincia de Buenos Aires, libra una batalla que juega, con igual intensidad, en dos frentes: el territorio y los medios de comunicación. Pretende ampliar la victoria de las PASO para consolidarse como figura nacional. Con muchos padrinos del viejo peronismo, como Luis Barrionuevo, pero sin una estructura partidaria ni un jefe político, está decidido a usar toda la experiencia y las relaciones que acumuló en su vertiginosa carrera al servicio de su propio proyecto de poder. Un proyecto en el que, con sólo 41 años, se sueña como presidente.
La visita a TN cierra la Marca Personal que había empezado, cien horas atrás, con un anuncio para jubilados, en un hotel del microcentro porteño. Fue el punto de partida de cuatro días a puro vértigo. En una versión revisada de la célebre consigna peronista, Massa fue del territorio a los medios y de los medios al territorio. En cada aparición se mostró como un experto en el tema que convirtió en bandera de su campaña: la lucha contra la inseguridad.
A la salida del encuentro con jubilados, Massa habla con Mariano, su fotógrafo, que le muestra algunas de las fotos que le acaba de tomar. "Sí, ésta ¡como trompada!", le dice, y señala en la pantalla la imagen que en pocos segundos recibirán todos los medios. Se lo ve dando un discurso delante de un letrero que afirma: "Es de los jubilados". Luego de la selección de fotos, una rutina que se repite después de cada actividad de campaña, el candidato aborda la combi que lo llevará al segundo cordón del conurbano. Es una Hyundai negra, con vidrios polarizados y cuatro asientos enfrentados en la parte trasera. Se la prestó el intendente de San Miguel, Joaquín de la Torre, uno de los jefes territoriales en los que se apoyó Massa para romper con el kirchnerismo y fundar el Frente Renovador.
Media hora después, la combi se detiene en Santa Brígida, un barrio de Moreno. Es un lugar de calles de tierra con zanjas a los costados y veredas de pasto crecido. Apenas se baja de la camioneta, lo rodea un puñado de dirigentes locales, que intenta armarle un corredor seguro. Pero él no tarda en evadirlos. "Hola, mi amor", saluda con un beso y un abrazo a una señora que salió a su encuentro en camisón. Así les dice a las mujeres, "mi amor". La doña le envuelve las manos con las suyas y, con lágrimas en los ojos, le cuenta que le mataron a una sobrina en un robo. "Necesitamos más patrulleros", le dice, casi en un ruego. Él se inclina hasta que su frente queda pegada a la de ella. "Vamos a pelear para que haya un cambio, ¿sabés?", le promete, mirándola a los ojos. Se despide con una caricia intensa en la frente, casi una imposición de manos.
La noticia de que Massa llegó al barrio corre y la calle se llena de gente. A cada paso, lo abrazan, lo tironean, le piden una foto. "Sergio, para el Facebook", le grita una chica con un aro en la nariz. Él los trata como si los conociera de toda la vida. Les aprieta los cachetes, los franelea. No recorre la calle por el centro; avanza haciendo zigzag, yendo de una vereda a la otra y metiéndose dentro de las casas. Es complicado seguirlo de cerca, incluso para David, uno de los cuatro custodios que le cuidan la espalda.
"¡Ahí voy, capo!" En medio del tumulto, Massa saluda con el brazo en alto y va al encuentro de un joven con visera, que le hace señas desde la puerta de su casa. Así les dice a los hombres, "capo". El vecino enseguida le abre paso para que salude a su esposa, que procura dormir a su bebe en un living pequeño, en el que conviven un retrato de Eva Perón y tres trofeos de plástico. Apenas ve entrar al candidato, la mujer deposita al chico en sus brazos. El marido les toma una foto. La escena también queda registrada en la cámara de Mariano. Los custodios se encargan de que en el cuadro no se meta nadie con la remera partidaria. No vaya a ser que la política contamine la imagen de Massa con los vecinos.
"La gente no es sofisticada para analizar la política. Es como el Facebook: me gusta o no me gusta", me dice camino a la camioneta y acompaña la frase apuntando el pulgar derecho hacia arriba y hacia abajo. Pese a que creció a la sombra de Carlos Menem, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, no reconoce maestros. Le gusta verse a sí mismo como el emergente de una nueva generación, "que creció en democracia y que quiere dejar atrás las divisiones del pasado". Define al Frente Renovador como "un partido de centro, keynesiano en lo económico y moderado en lo político". Antes de dejar Santa Brígida, habla con medios locales, en una ronda callejera a la que suma un camarógrafo y un cronista de su equipo. Tres días después, tras un acto en Almirante Brown, una cronista del Frente Renovador se mezcla entre los periodistas y, en pleno ida y vuelta del candidato con la prensa, contrabandea la pregunta que él quiere que le hagan: "¿Por qué decidió responder a cada agresión con una propuesta?".
De regreso en la combi, Massa se desploma sobre un asiento, pone los pies sobre el apoyabrazos de enfrente y le pide una Coca Light a "Madi", la joven secretaria que lo asiste en la campaña, otro aporte de De la Torre. Ella también le pasa un Café Crème, los cigarros finitos que fuma el intendente de Tigre. En otra de las recorridas, como él tiene las manos ocupadas, Madi se lo da ya encendido. En una caminata le saca el envoltorio a un chiche antes de pasárselo. Él pide que no lo fotografiemos fumando. Sigue de cerca la camioneta una Volkswagen Touareg azul blindada que acompaña a Massa en cada visita al territorio.
La combi hace una parada en Tigre para que el candidato se dé una ducha. El portón de barrotes de acero de Isla del Sol, el barrio privado donde vive desde 2000, se abre automáticamente. El candidato nos hace esperarlo en el quincho, pegado a su chalet pero con entrada individual. Por el ventanal del fondo se ve la parte trasera de la casa, un jardín de pasto bien verde, con una pileta y una cama elástica.
La campaña sigue en el Museo de Arte de Tigre, donde Massa y Malena graban una nota con Luis Ventura. Cuando llega al lugar, el candidato se anuncia con un grito. "Dejá de mirar los barcos, Ventura; comprate uno, rata", sorprende al periodista antes de darle un abrazo. Se mueve en los medios con más soltura todavía que en el territorio. Mientras los maquilladores lo preparan, levanta los codos para dejar que Malena le meta la camisa dentro del pantalón, unos jeans achupinados. Ella también le pasa una palma por los hombros para sacarle las arrugas del suéter y, en los cortes de la grabación, le informa cómo va el partido de Tigre.
Ante las cámaras el candidato cuenta que le sobra poco tiempo para pasar con a sus hijos, "Mili" y "Toto", se define como "un pibe de barrio" y hace un repaso de su vida. Es una historia en la que, como ocurre hoy, el territorio y los medios juegan un papel clave. Diputado provincial por el PJ tras un paso por la Ucedé, Massa ingresó en la política grande cuando Eduardo Duhalde lo nombró, con sólo 29 años, al frente de la Anses. Desde ese puesto logró posicionar su imagen en los medios. Pero siempre supo que para ser alguien en política debía conquistar el territorio: así fue como en 2007 ganó la intendencia de Tigre. De ahí pasó a la Jefatura de Gabinete, donde logró nacionalizar su figura. Influyó menos el cargo que Mariano Iúdica, el actor que lo imitaba en el programa de Marcelo Tinelli. Tras su salida del Gobierno, volvió a refugiarse en el territorio, desde donde empezó a construir su sueño.
Al día siguiente la campaña se reanuda en los estudios de Telefé, donde el candidato cuenta la historia de una "abuela" que quedó sorda por un golpe durante un asalto. Apenas sale del aire, se acerca a su jefe de prensa, Claudio Ambrosini, que le muestra en la pantalla de su teléfono un cuadro lleno de números. Es la medición del minuto a minuto. "Empezaste en 2,8 y terminaste en 3,3, con un pico de 3,6. Te caíste un poco cuando dejaste de hablar de inseguridad", le informa, mientras él no despega la vista de la pantalla. En el universo de Massa, un punto de rating equivale a un acto con cien mil personas.
Al salir a la calle, se toma la boca del estómago. Arrastra una diverticulitis por la que quisieron internarlo antes de las PASO. "Es todo de la cabeza", dice. Desde el comienzo de la campaña bajó diez kilos. Mide un metro 82 y pesa 90. Vuelve a abordar la combi para dirigirse a una caminata por José C. Paz. Madi aprovecha un embotellamiento para mostrarle en una iPad los mensajes de texto que recibió en las últimas horas, entre ellos uno del actor Osvaldo Laport. "Respondele: «Un beso grande, amigo; no te olvides de las cábalas»", le indica Massa. El candidato no descuida las suyas. En la muñeca derecha lleva una cinta roja que le regaló una vecina en la campaña de 2011, cuando ganó la reelección en Tigre.
Unos kilómetros más adelante, Pedro, el chofer, sintoniza Radio 10 y le cuenta a su jefe que es el cumpleaños de Oscar González Oro. Él toma su Blackberry y teclea a toda velocidad. Unos segundos más tarde, el locutor agradece al aire el saludo que le acaba de enviar el intendente de Tigre, "un amigo". Después, Massa se sumerge en una rutina a la que dedica gran parte de su tiempo. Con la Blackberry entre sus piernas, que se agitan nerviosas como acompañando el movimiento de los dedos, responde mensajes y mails. Parece que está en trance. Cuando al día siguiente le menciono el tema, se manda la parte: "Me tenés que reconocer que con los dedos soy un tractor".
En una parada en una estación de servicio, Massa atiende la llamada de un intendente kirchnerista del conurbano. Hablan como amigos. "¡Qué hacés, gordo bandido! ¿Necesitás que te mande boletas cortadas? Me tenés que meter un mínimo de diez mil cortes, si no, te pego un tiro, eh." No me revela con quién habla, pero en su equipo me dicen que tienen preparados tres millones y medio de boletas cortadas para alimentar la traición de los jefes comunales.
A la caminata en José C. Paz le sigue otra en Ramos Mejía, La Matanza. Es el mismo distrito donde hace un mes una caravana de Massa fue apedreada por un grupo al que el Frente Renovador vinculó con el kirchnerismo. De vuelta en la combi, le ordena a uno de sus asesores que mande un comunicado que diga que recorrió La Matanza, "pese a las amenazas de D'Elía", el dirigente que había pronosticado nuevos incidentes. "¡Que se vaya a la concha de su madre ese gordo!", se descarga Massa, en la intimidad de la camioneta. Franco, otro de sus secretarios, le muestra en la iPad las llamadas que recibió. Él analiza una por una y le indica: "Me interesa hablar con Leuco, con Doris Capurro, con Alberto Fernández y con Luis Acuña. Con éste, no; éste, que me la mame". Otra vez la mirada clavada en la pantalla de su celular, se queda en silencio durante unos segundos. ¿En qué estará pensando? De pronto, parece despertar, levanta la cabeza y pregunta: "¿Alguien sabe con qué van los diarios mañana?".
Fuente lanacion.com

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